domingo, diciembre 05, 2010

EL QUE BUSCA Y EL QUE ENCUENTRA


Marcelo Sominson, el clásico y Lucas Urlancher, el moderno, dieron un excelente recital el jueves por la noche en la Sala Bicentenario del Mercado. Feliz coincidencia de dos generaciones de talentos suarenses.



Pablo Picasso, aparte de sus geniales obras pictóricas, dejó una frase fundamental. Dijo: Yo no busco, encuentro. La frase, que parece simplemente un juego de palabras, dice mucho sobre la vida y el arte. Tiene una connotación bastante zen, por cierto, habla de un hallazgo que es la forma perfecta, la felicidad de un arte. El artista consumado, como el monje budista consumado, no está buscando nada en particular, todo en el es hallazgo, iluminación. El que está a la búsqueda experimenta, intenta, pero todavía no llegó al punto en cuestión.


El que busca:



Lucas Urlacher es un talentosos guitarrista veinteañero, un exquisito intérprete que por mucho tiempo, como el mismo reconoció, estuvo alejado de la música y ahora gracias al consejo de Marcelo Sominson, volvió a su instrumento. Durante todo su recital buscará el sonido deseado, cambiará de guitarras varias veces, guitarras eléctricas, acústicas, pedales de efectos, púas. El popular “Cucha” viene de la escuela del rock y pop pero se mete en terrenos más complejos, el jazz, las músicas étnicas, la improvisación que recorre varios géneros. Hay una clara influencia del “Gordo” Salinas en su búsqueda de nuevos sonidos. Sabemos que Salinas se mete con todos los géneros, mezcla todo y sale bien parado, pero claro es un fuera de serie, su virtuosismo lo salva. En ese sentido el recital de Urlacher arrancó muy bien, con mucha belleza y sutileza y luego tal vez se alargó demasiado, se “colgó” como quien dice, en sus libres improvisaciones y el público como que no terminaba de entender. Nada grave, a todos nos ha pasado, son etapas, edades, como el mismo admitió, estaba dándose el lujo de hacer lo que se le antojaba. Y sobre el final de su show, interpretó un tema propio “Humedad” que nos hace pensar cuan lejos puede llegar este joven si persiste en su camino, si se suelta definitivamente y se deja fluir. El don lo tiene, le faltan quizá un par de años para terminar de explotar.



El que encuentra:


Marcelo Sominson es como ese monje que ya encontró su forma perfecta, veterano de mil batallas, sabe quien es y lo que quiere. Y se dedica simplemente a ejecutarlo con sencillez, con perfección. Se sienta, con su guitarra acústica, la postura perfecta, el pie apoyado sosteniendo la guitarra, inspira respeto solamente de ver como puntea su instrumento, la concentración zen con la que ejecuta su música. También sus palabras acompañan, crean clima, hablará y tocará milongas, folclore, tangos, todo como parte de una abigarrada selección musical que es un todo, una coherencia incuestionable. Cuando toca “Mi Buenos Aires querido” hasta se disculpa por algún pifie que no habíamos notado. De su música brota la magia de la pampa, de la soledad, de los pueblos y sus verdades y emociona hasta a los que no consumimos estos estilos. Marcelo Sominson es un ejecutante consumado que no desentonaría en ningún escenario de ninguna parte del mundo, ni se vería mal tocando al lado del “Gordo” Salinas, por ejemplo.



La yapa:



Cuando Sominson terminó el público presente lo ovacionó y le pidió otra canción. Allí el suarense sorprendió con una extraña y bella melodía de Medio Oriente. “Amanecer en Palestina”, confirmando que puede tocar bien cualquier cosa. Para el final se suma el “Cucha” Urlacher y Sominson anuncia que lo convenció de hacer unos rocanroles. Uno no cae de la sorpresa y se imagina que atacaran con guitarras eléctricas y distorsión. Nada que ver, simplemente harán brillantes recreaciones de dos temas de “Pink Floyd”, sin duda uno de los techos o él techo de la cultura rock. Allí, en ese duelo a dos guitarras, demostrarán que cualquier música vale para transmitir el arte, cuando los intérpretes saben lo que están haciendo. Aplausos.

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