Cuando uno adopta una vida meditativa aprende a estar solo. Esto es fundamental y tan simple que casi nadie lo entiende. Si no podemos estar bien solos no podremos estar bien con nadie. Y además, cuando uno acepta estar con cualquiera para no estar solo, se junta con gente de mala energía, gente del inframundo.
Acá en el pueblo es complicado: mejora mucho la calidad de vida y cae estrepitosamente la calidad y variedad de la gente que uno encuentra para charlar.
Hay muy poca gente real y leal, la mayoría vive para el chismerío, la maledicencia.
Como ese gordo que conozco del Círculo de Ajedrez que se pasó la vida hablando mal de mi, apartándome de amigos que quería y ahora terminó tristemente solo en un Hogar de Ancianos.
O ese otro gordo que no se conforma con llevar y traer puteríos locales, también se metió con gente que yo conocía del ambiente del rock en Buenos Aires.
Tal vez suene arrogante de mi parte pero cuido mucho con quien me junto. Todo es energía y hay que cuidarla a riesgo de quedarse solo. Que nunca es tan así, cuando se aparta la gente mala leche aparecen mágicamente seres de luz que estaban ocultos.
Ya no tengo ganas de enojarme con nadie o ir a un asado a hablar de fútbol y minas.
Cuido mi salud mental y espiritual.


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