Entre enero de 2000 y enero de 2001 trabajé como telemarketer en La Ley, una editorial muy prestigiosa que trabaja para abogados y contadores.
Fue mi mejor experiencia dentro de los call centers y del capitalismo tardío, fin del menemismo, principio de la alianza, justo antes de que todo se fuera a la mierda.
Y lo recordé por un detalle que parece absurdo pero no lo es.
Con los años de meditación he descubierto que mi problema es una angustia que está escondida y que me genera ansiedad, huir del momento presente porque cada tanto y sobretodo en los momentos que más me importan, me invade la sensación de que todo va a salir mal. Y huyo.
Cuando hice el psicotécnico eso saltó y luego me lo informó mi supervisora, con la que tuve un par de entrevistas antes de entrar.
Ya empezó todo bien, con buena leche, cuando tu supervisora te dice que el psicotécnico te dio mal porque no hay nada peor para un vendedor que ser negativo, no tener actitud ganadora. Pero ella me dijo que le había caído bien, que me daba la oportunidad y que creía en mi.
Eso fue una verdadera escuela de marketing, con constante capacitación y buena onda. Me pasaron mil cosas geniales, tendría que escribir una novelita con todo eso, me mandé mil cagadas y me las perdonaron, me tuvieron paciencia. Para que yo me terminara yendo ofendido como un boludo.
También recuerdo la lectura de "La empresa de vivir" del filósofo Tomás Abraham y eso que leía era lo que vivía en mi trabajo.
Se ve que triunfar en el neoliberalismo salvaje no era lo mío y que de alguna forma intuí como terminaría todo en el país unos meses después.
A la vez la empresa comenzaba a ser absorbida por una multinacional yanqui así que también viví eso que habían sido los noventas y que hoy se repite en Argentina.
Ciclos que van y vienen, la ideología y entrenamiento del empleado de venta telefónica como si fuera un seductor que tiene que aprender a levantarse minas.
La empresa de vivir y esa filosofía berreta de retroceder nunca, rendirse jamás.


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