Hay un cuento genial de Edgar Allan Poe (tal vez el más genial de el) en donde alguien roba una carta con información confidencial para el Rey de Francia. Todos saben quién fue y en que casa está la carta. Entonces la policía parisina ingresa a la casa por la noche varias veces y en total silencio levantan todo, revisan los lugares más recónditos y nada, la carta no aparece. Entonces deciden recurrir al célebre detective Auguste Dupin quién va a visitar al ladrón a plena luz del día y se da cuenta que la carta estaba en el lugar más visible, frente al escritorio del ladrón. Dupin la recupera y se va.
La genialidad, incluso la sabiduría y belleza del cuento reside en que este es el secreto supremo de la vida. La verdad, Dios, el infinito se oculta justo delante de nuestros ojos. En eso reside la dificultad para encontrar lo supremo, al igual que la carta robada. Por eso uno necesita tomar una distancia, acostumbrar los ojos a ver la sencillez. Y eso se logra básicamente meditando.
Hay incluso una meditación hinduista que consiste en mirarse la punta de la nariz, ellos creen que si un hombre está mucho tiempo mirándose fijo la nariz accederá al conocimiento divino.
No podés encontrar el sentido de la vida porque está justo delante de tus ojos, lleva un tiempo de entrenamiento y nadie dice que es fácil. La mente, el ego te lleva del pasado al futuro todo el tiempo y te enloquece, pero es justo acá y ahora que está la esencia de la existencia.
No hay otro tiempo ni otro lugar que acá y ahora, eso es la eternidad. El tiempo es una invención de la mente, el pasado y el futuro solo son ilusiones. Y la eternidad no es un tiempo sin final. Nada que ver con el tiempo. Es la profundidad que se halla estando despierto, atento al momento presente.


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