Siempre leí y admiré a Ricardo Piglia: sus cuentos, sus novelas, sus ensayos, su síntesis perfecta entre Borges y Arlt, su lucidez política.
Teníamos una amiga en común, Marta, que en verdad era muy amiga de la mujer de Ricardo, Beba.
Durante años me contaba de ellos, de sus viajes y nunca nos cruzamos en la casa de Marta.
El encuentro finalmente se dio en las peores circunstancias.
Piglia se enfermó de esclerosis lateral amiotrófica (ELA) y estaba viviendo en su PH de Malabia, en Palermo Soho, acompañado de su esposa y un plantel de enfermeros y chicas que lo cuidaban.
Su mente permanecía inalterable, brillante como siempre pero su cuerpo ya no le respondía.
Parece que Marta le hablaba a Beba de mi y Beba a Ricardo. Un día apareció una propuesta de trabajo de ellos. Querían hacer el experimento de que yo lo cuidara a Ricardo, lo acompañara, le leyera y le hablara de ajedrez.
Sabía que iba a ser difícil pero acepté. Era Piglia.
Si mal no recuerdo, mi primer día de trabajo fue el 31 de diciembre de 2015. Mis viejos me hicieron el aguante y me esperaban en San Cristóbal para brindar.
El experimento fue que yo conviviera con el, las chicas lo sabían llevar y el era dulce con ellas, conmigo no tanto.
Si le leía no le gustaba como lo hacía, siempre estaba fastidioso.
Pensé mucho en esos días en su novela de ciencia ficción distópica "La ciudad ausente". Una mente genial atrapada en un cuerpo que no podía mover. Escribía en su computadora con un sensor que movía con los ojos.
Igual hubo grandes momentos, cuando me tiraba data de literatura, cuando me hizo leer "Alturas de Machu Picchu" de Pablo Neruda o cuando yo le llevé la columna que había escrito Pablo Ricardi en La Nación sobre la muerte del Profesor De Las Heras y se emocionó. También le encantaba que le pusiera en You Tube un recital en Holanda en que tocan Piazzolla y Pugliese con su amigo Gerardo Gandini que se manda una improvisación libre que a Pugliese no le gustó nada.
El viernes 4 de marzo de 2016 me habían pagado, salí por Malabia caminando al atardecer hasta Corrientes, paré en una pizzería a comer algo, lo pensé y me dije: Ya está, ya cumplí. Renuncio mañana. Seguí hasta el Konex en donde esa noche volvía el grupo Suárez.
Fueron tiempos oscuros, literalmente hablando, solo veía oscuridad. Me tiré de cabeza a la experiencia espiritual. En un momento hacía zazen en el Zenba, y entonaba mantras en Furaibo y con la gente de la Sokka Gakai.
Hasta que mágicamente cayó en mis manos un libro de Osho y después otro y otro. Todos me interpelaban, me hablaban de lo que me pasaba y me daban soluciones. Así me pasó y me sigue pasando con los libros de Osho. Incluso empecé a hacer sus meditaciones activas con Moksh y el me confesó que le pasaba lo mismo: es tan poderosa la energía que se desprende de esas palabras que prácticamente no podés leer otra cosa.
Ahí me di cuenta que no era escritor, ni periodista, ni publicista ni ajedrecista. Soy un místico y tanta oscuridad vino para revelarme eso: la luz de la conciencia.
La experiencia con Piglia me hizo tocar fondo y me llevó a la verdad. El alumno estaba preparado y entonces llegó el Maestro.


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