Hace más de cuarenta años atrás yo era ese nerd fanático del ajedrez que soñaba con lograr lo que hoy está logrando Faustino Oro. Por eso verlo brillar hoy es una alegría enorme para mi, agradezco a Dios haber visto jugar a Maradona, Messi y Faustino.
Me dediqué de lleno al ajedrez sobre todo en la década de los ochentas y de los noventas. Luego fui retirándome y volviendo por etapas, muriendo y renaciendo al ajedrez como el Diego al fútbol.
Viajé por todo el país jugándolo, conocí personajes inolvidables, algunos de los cuales siguen siendo hoy día mis amigos. Pero hay cosas que ni en pedo volvería a hacer, como jugar una partida por cinco horas y perder. Esa sensación no se la recomiendo a nadie, imagino que es peor que subir a un ring y que te caguen a trompadas.
Volviendo a Faustino: cuando yo tenía su edad salí campeón suarense absoluto, el hoy ya es gran maestro internacional y el mejor jugador de la Argentina. Para entender un poco la dimensión del fénomeno que seguramente nos regalará en algún momento al primer campeón mundial argentino mayor de ajedrez.
Me retiré muchas veces harto del ajedrez, pero como una droga irresistible volvía una y otra vez.
La ultima vez estaba viviendo en Buenos Aires, creo que era 2017 y apareció un padre que llevaba a su hijo al Campeonato Argentino Infantil a competir a Vicente López y el pibe no tenía entrenador. Hablo de Juan Cruz Hoffman. Me gustó el desafío, acepté ayudarlo y la experiencia me volvió a enganchar, ahora desde el lado de afuera del tablero, aconsejando al pibe y al padre.
Posteriormente a eso me dejé llevar por el frenesí de volver a los viajes acompañando a Juan Cruz y al padre y de paso, casi sin querer, volví a competir. Ahí pasó algo raro, como un regalo de la Divinidad, un last dance. Durante ese 2017 y sobre todo en 2018 jugué todo lo que se me cruzó en ritmos lentos, rápidos y semirrápidos. Donde me fue increíblemente bien fue en el ritmo de doce minutos más tres segundos de agregado por jugada. Ahí brillé como nunca en mi vida. Fue un milagro. Gané 3 torneos en La Pampa, uno en Suárez y uno en el Club Argentino de Ajedrez, mi club favorito del mundo mundial. Derroté a varios maestros internacionales (a algunos más de una vez) maestros fide y jóvenes promesas.
Le gané a uno de los pibes de Fiorito, no recuerdo cual, que ahora están en España y ya son maestros internacionales. También en La Pampa le gané a un pibe local llamado Joaquín Llanos que recién veo, ganó ayer un torneo blitz con 7 en 7 derrotando al gran maestro Sandro Mareco y a dos maestros internacionales. Imaginate si hoy me agarran Llanos o Fiorito, me destrozan en 5 minutos.
Después de esa cumbre seguí jugando un poco pero ya en 2019 se acabó la magia y todo comenzó a decaer. Vino la pandemia y cuando salimos de ella jugué un torneo en Coronel Pringles adonde no me fue mal pero me agarró un pibe desconocido de Daireaux y me destrozó sin miramientos. Ahí dije: ya fue, di la vuelta completa, empecé siendo el niño prodigio que le ganaba a los grandulones y ahora soy el grandulón al que le gana el niño prodigio. Me imagino lo que deben sentir Diego Flores y Sandro Mareco cuando Fausti les gana.
Sigo jugando con una aplicación en mi celular y nunca voy a dejar del todo este vicio pero ya no más competir como en los viejos buenos tiempos. Muchas gracias a todos por los bellos momentos compartidos.

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