Violeta es un color fundamental en la espiritualidad: es el símbolo de la transmutación.
Creo que fue en 2008 que me invitó una periodista de Clarín que ahora es editora y que en ese momento iba conmigo al taller de María Moreno. Digo que me invitó a una fiesta. Yo acepté sin saber adonde me iba a meter. Caí a un departamento grande y elegante de la estrella de la intelectualidad porteña: Lucas Soares.
Sinceramente no sabía quien carajo era Lucas Soares y menos quien era su novia. La cuestión es que en un momento de la fiesta yo estaba en la habitación sentado en la cama de Lucas, departiendo amablemente con una poetisa. En ese momento entra Violeta Urtizberea a dejar su abrigo y nuestras miradas se cruzaron intensamente.
En la fiesta se bebió a mansalva, luego hubo lecturas de escritores y al final se puso música y se bailó.
Obviamente en cuanto pude fui a chamuyarme a Violeta y eso generó inmediatas rispideces, alguien enseguida me advirtió que era la novia de Lucas. Alguno amagó con echarme, onda ¿de donde salió este chabón, quién lo invitó y porqué se chamuya a la primera dama de la fiesta?
Finalmente la sangre no llegó al río y seguimos bailando con las estrellas de la literatura nac and pop.
Pasó la fiesta, pasó el tiempo y Violeta mutó de gran actriz linda y simpática a diosa sexy.
Me gustó esa actitud: onda soy completita.
Estoy esperando el reencuentro con Violeta, claro que sé que está casada y con una hija pero el amor es así.
El toque gracioso es que me crucé un par de veces a Lucas Soares en la plataforma de ajedrez Lichess jugando en formato blitz y en las dos ocasiones lo vencí con mi aguda IndoBenoni.
Lucas querido: perdón por todo.




