Algo que siempre me pasó en Coronel Suárez pero que se incrementó dramáticamente desde que volví a vivir en 2020 es que siempre hay algún miseria humana que te odia, te envidia y sigue obsesivamente tu vida viendo cuanto daño te puede hacer. Eso pasa sobre todo cuando tenés éxito con alguna mujer entonces se viene la difamación, pero también pasa que tratan de destruir todas tus relaciones en general.
Estos perversos a veces no tienen ninguna relación conmigo y a veces son familiares cercanos o ex amigos. Hay un caso novelesco de alguien de Suárez que fue amigo mío muchos años y luego se volvió un odiador profesional. Un tipo oscuro, que nunca laburó, heredó millones de dólares y todo su proyecto vital consiste en difamarme. Vive en Buenos Aires donde puede dar rienda suelta a sus instintos sin ser juzgado por los pueblerinos y donde también milita desde siempre en todo proyecto de derecha o ultra derecha que gobierne el país.
Pero lo que descubrí con los años es que, contra todo lo que se podría suponer, en el mundillo literario porteño pasan cosas similares.
Recordé ciertos hechos que pasaron hace unos veinte años recién porque estaba buscando entre papeles viejos y encontré un diploma fechado el 13 de octubre de 2006 donde la Fundación Octubre me felicita por haber obtenido la primera mención en el concurso de cuentos de los Premios Octubre.
Todo empezó raro y su puso aún más raro cuando ni siquiera me avisaron de la entrega de premios, es decir me llamaron ese miércoles 13 de octubre diciendo que en un par de horas era el acto. Nada de avisar con tiempo. No querían que estuviera presente y obviamente no fui. Me hicieron llegar unos días después el diploma. Pasaron un par de semanas y un día recibo una llamada de la escritora Sylvia Iparraguirre (en esa época todos teníamos teléfono fijo y nos comunicábamos así). Cuestión que Sylvia me dice que determinado día ella iba a dar una conferencia en Avellaneda y como sabía que yo vivía por ahí quería conversar conmigo. Es verdad: yo vivía en el centro de Avellaneda entonces, a dos cuadras del Centro Cultural adonde ella daría la charla, la esquina de la plaza que antes había sido la Escuela de Cine en donde yo estudié.
Conversamos un poco con Sylvia y me dijo sencillamente que le habían gustado mucho mis cuentos y que para ella tendría que haber ganado el concurso pero que hubieron otros jurados que se opusieron. En buen castellano:que me chorearon el primer premio. Tampoco era tan importante, creo que simplemente al ganador le editaban un libro con sus cuentos.
Luego Iparraguirre me invitó a una charla en la Biblioteca Nacional y tomamos un café con un grupo de personas que se juntó después del evento donde recuerdo vagamente una charla que tuve con el dramaturgo y director de teatro Daniel Veronese.
Pero no solo eso, Sylvia luego me abrió las puertas del paraíso: me invitó a conocer a su pareja de toda la vida, el gran Abelardo Castillo en su propio hogar. Ellos me recibieron amablemente y charlamos de literatura y demás menesteres. Todo salió tan bien que acordamos que comenzaría a participar como alumno de uno de los famosos talleres literarios de Abelardo Castillo.
Lo que pasó después y disculpen mi paranoia y mi victimización permanente, es que cuando llamé a casa de los Castillo para comenzar el taller simplemente me cortaron el rostro, me ghostearon como se dice ahora.
¿Qué pasó? No lo se. Tal vez intervinieron los mismos de la Fundación Octubre o tal vez fue el mismo personaje novelesco de Suárez.
Cosas que pasan, pero juro que todo esto es verdad.




