Hay una lógica comprensible en que cualquier ser humano sensible pruebe en cierto momento algún tipo de sustancia para alterar la percepción de la realidad. Odia su vida y quiere abrir las puertas de la percepción. Hay un alivio menor en las drogas legales e ilegales. No elevan tu estado de conciencia pero lo bajan. Es decir: te liberás un poco de la mente charlatana pero en lugar de despertar como un Buda o un Cristo bajás al nivel de un animal o un vegetal. Eso es lo que te hace drogarte.
Un día descubrís la meditación y te das cuenta que allí hay un camino profundo, gratis y sin consecuencias malas para la salud. Sin adicción.
El porro relaja, da risa y bajo sus efectos percibís detalles más sutiles de la realidad. Pero luego viene el bajón y un rebote paranoico que te la regalo.
La cocaína te hace sentir poderoso, te libera de las ataduras mentales pero te esclaviza rápidamente. Vi caer muchos en esta trampa y los resultados son desastrosos. Primero brillan al hablar, actuar, coger, todo bien pero llega un momento en que sin la merca no pueden ni ir al baño a hacer sus necesidades.
Hay una correlación necesaria entre la droga y la enfermedad mental, un efecto bumerang. Uno se droga porque se siente mal y luego se siente mal porque se drogó.
También las personas que tenemos algún tipo de acelere mental parece que estuvieramos bajo los efectos de la mandanga y casi nunca es así.
Incluso a mi muchas veces me preguntaron si tomaba LSD por mi forma de actuar y jamás probé esa droga. La mente alterada produce drogas más locas que las que podés comprar. Y alguna vez que quise probar esos alucinógenos un amigo conocedor y bondadoso me lo prohibió porque psicosis más alucinación puede terminar muy mal.
El tabaco siempre me dió asco y los veo a todos desesperados si no fuman.
El alcohol es peligroso en exceso pero en particular el vino figura como una droga sagrada en muchas culturas. Muchos sabios bebían y se inspiraban, empezando por Rumi.
Y es que, dicen los que saben, un iluminado se vuelve un hombre común, vulgar, que se emborracha como el peor.
Hay que desconfiar de los sofisticados que nunca dejan el control.




