Nunca en la Historia de la Humanidad estuvimos tan cerca de que un demente como Trump desate un apocalipsis nuclear. Tampoco está muy lejos el ecocidio, hemos contaminado y estamos exterminando la naturaleza. Nunca como ahora este país estuvo a punto de convertirse en una colonia del primer mundo, gobernada por una banda de psicópatas vendepatrias.
Y sin embargo...
Nunca fue tan clara la verdad. Nunca estuvimos tan cerca de la iluminación.
La información ya no solo está en los libros, circula y arde por las redes sociales.
Hay una aceleración cuántica de la luz y también de la oscuridad.
La solución para este brete es despertar. Tomar conciencia.
En los tiempos de Buda y Cristo era difícil, era para pocas personas.
Había que irse a vivir arriba de una montaña y pasarse la vida meditando.
Ya en el Siglo XX apareció Osho y simplificó las cosas: inventó las meditaciones activas accesibles para todos, con música, baile y catarsis.
Ya no es imprescindible ir a la India.
Podés hacer un retiro acá o en cualquier parte del mundo.
Y si no tenés guita para hacer un retiro igual la Existencia no te deja a pata.
En este Siglo XXI hay por lo menos dos iluminados que enseñan lo mismo: el alemán Eckhart Tolle en Canadá y el jamaiquino Mooji desde Portugal. Esos dos son los que conozco. Debe haber más.
Y los dos enseñan lo mismo: a ser testigo de la mente.
Esta práctica milenaria es la esencia de la meditación y la podés practicar siempre, en cualquier momento, en cualquier lugar.
Simplemente estar atento a los pensamientos y emociones. No encarnarlos, no ser ellos observándolos desde una distancia, creando vacío, silencio, paz.
Cualquiera sean tus pensamientos o emociones, buenos, malos, luminosos, oscuros solo hay que observarlos sin juzgarlos así la luz de la conciencia los termina borrando.
Surge la Presencia.


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